A veces hay detalles de la vida que escuecen. Un poquito. Muy poquito en realidad. No son importantes, y en su minimez y absurdez y tonteriez lo mejor es pasar de ellos.
Pueden ser cualquier cosa. El ordenador del trabajo que siempre va lento y te deja colgado a mitad de algo. La compañera de trabajo con especial capacidad para interrumpir / agobiar / cargarte de algun trabajo absurdo. La llamada de telefono inoportuna. Un familiar inoportuno. A veces es algo más personal. Alguna cosa que se te atraganta hacer, alguna falta de voluntad,….
Como no son gran cosa, no es difícil barrerlos al rincón o debajo de la sombra. Son transitorios. Pero están ahí. Y a veces, cuando aparecen, pican un poco. Y seguirán ahí. No llegas a quitártelos de encima.
Escribir aquí me sirve para rascar un poco. No me lo quita, pero como dice el gran refrán: “Si te pica, te rascas”. (La faena es cuando pica en la espalda!)
También me recuerdan estos picores puñeteros e inoportunos a esta canción:
Semi-explicación: Yo soy muy soñador. Muy niño. Muy poco práctico y con muy poca fuerza de voluntad para cambiar (me). Por eso tengo picores absurdos, tontos, infantiles y muy secretos. Y no me los quito de encima. Y aunque sepa que son pequeños, me dan rabia, porque me rompen mi sueño egoista, muy mío, muy soñado, muy crío y muy azul. Este post es una autentica pataleta.


